La conciencia colectiva del consumidor

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Hay algo que siempre me llamó la atención del comportamiento del consumidor en nuestro país, y es que nunca adopta posiciones de grupo, siempre actúa individualmente. En la Argentina las personas no tienen verdadera conciencia del poder que tienen como consumidores, que con sus decisiones diarias pueden protegerse mutuamente, cosa que sí sucede en otros países donde hay un mucho mayor sentido de pertenencia a ese grupo del que formamos parte todos: los consumidores.

¿Por qué es importante tener conciencia de esto?, precisamente porque siendo capaces de entenderlo y tenerlo presente siempre, dispondremos de herramientas concretas para protegernos.

¿De que hablo cuando uso el término “protegernos”?, sencillamente de pagar menos por los productos (bienes y servicios) que adquirimos. Y no me refiero a pagar lo que no corresponde, o a perjudicar a los productores, sino a no ser blanco de un abuso constante por parte de estos -más que nada de los comerciantes-.

Es bien sabido que acá (Argentina) el productor y el comerciante -en especial- en general buscan maximizar sus ingresos de forma obscena, anti-ética, utilizando todo tipo de estrategias que continuamente violan las normas de defensa de la competencia y los derechos del consumidor. Ejemplos hay miles, y aquí también entra a tallar el desconocimiento que nosotros como consumidores tenemos de la legislación, en bastante grado por responsabilidad del Estado que no se esfuerza por educarnos.

Ahora bien, ¿qué pasaría si, por ejemplo, tuviésemos a nuestra disposición precios de referencia de los distintos productos que nos guiaran a la hora de tomar una decisión de consumo? ¿Acaso ello no nos permitiría tener una idea más acabada de cuanto tenemos que pagar? ¿Quién determina los precios de los productos?. La respuesta clásica sería que en una economía capitalista es el mercado quien establece los precios, regido por las leyes de oferta y demanda, y que ellas fijarán un valor de equilibrio que siempre es el “correcto”. El problema con esta afirmación es que sólo funciona en un mercado de competencia perfecta, donde todos los intervinientes actúan libremente y, lo que es más importante, compiten en esas condiciones, cosa que obviamente no ocurre en este caso. Como dije, los productores y los comerciantes -en especial éstos últimos- buscan maximizar sus ganancias excesivamente en detrimento del poder adquisitivo del consumidor y, en definitiva, de sus propios intereses futuros, porque si el consumidor pagase el precio que corresponde por cada producto, la información enviada al mercado sería la correcta y todos sus participantes se verían beneficiados.

En este contexto, entiendo que podría resultar beneficiosa la intervención Estatal, proveyendo al consumidor de algún tipo de listado donde se indique cuál debería ser el precio lógico que tendría que pagar por cada producto. Este precio resultaría de medir su costo de producción y logística, lo que obviamente nunca podría ser totalmente preciso, pero si estimarse, y le brindaría al consumidor una guía de referencia.

¿No nos ocurre acaso que vamos a un supermercado y nos encontramos con que no sabemos cuál es el precio que deberíamos pagar por un producto?. A mi, al menos, me pasa constantemente. Obvio que esto se agrava por la fuerte inflación en la que nos vemos inmersos hoy, pero las diferencias de valores que se cobran en distintos lugares de una misma ciudad, y en distintos comercios es aberrante. Los supermercados, especialmente las grandes cadenas, se abusan de su posición en el mercado -cuasi oligopólica- para fijar precios irrazonables, que escapan a cualquier lógica económica, los cuales en definitiva terminamos pagando por “comodidad”. Resulta difícil que el consumidor diversifique su consumo, comprando un producto en un lugar y otro en otro, generalmente busca resolver sus consumos mensuales básicos en pocas compras, especialmente porque carece del tiempo para dedicarse a buscar. Teniendo a su disposición una tabla de referencia, sería consiente de si lo que va a pagar por un producto se acerca o no al valor correcto del mismo, lo que a su vez obligaría en cierta forma al comerciante a no abusarse con lo que pretende cobrar.

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