El camino argentino a la felicidad

Esquema de pensamiento argentino

 

Supongamos que una persona quiere ir del punto A al punto B. Según este singular esquema tendría 2 caminos: ir de A a B directamente o hacerlo pasando por C y por D. Obviamente el camino que conlleva el menor gasto económico es el directo. Bueno, lamentablemente la sociedad argentina -en su mayoría- no elige esto último. ¿Cómo es esto? Paso a explicar.
Este sencillo esquema de puntos y flechas grafica lo que, a mi entender, es la forma de actuar del argentino medio cuando tiene un objetivo delante de sus narices. El punto A es de donde parte la persona, y B es a donde quiere llegar, pero en lugar de transitar ese camino más largo -pero más directo- prefiere tomar “atajos” yendo por C y por D.
Lo que trato de esquematizar con este diagrama es el respeto o no por las normas y la consciencia de bien común. De esta manera, ir directamente de A a B significaría cumplir las reglas -esperando que al mismo tiempo otros también lo hagan- y por ende lograr el bien común -identificado como todos llegando a B-. Por otro lado, no cumplir con la ley implicaría tratar de llegar a B individualmente, transitando antes por C y por D -con el riesgo de que si algo no sale bien terminemos en E o F que significaría el fracaso-.
C y D representan puntos egoístas, donde el ser humano transita sólo y -si es necesario- pisandole la cabeza a cualquiera que se le interponga. Que quede claro: no desconozco la naturaleza salvaje del ser humano y la competencia constante en la que se involucra, pero el tránsito de C y D yo lo relaciono con la anomia, con el rompimiento de las normas socialmente establecidas.
La elección del tránsito con paradas intermedias rompe el vínculo social y atenta absolutamente contra el bien común. Supongamos que una sociedad se compone de 10 personas, y que para alcanzar el bien común que se han propuesto 8 deben al menos ir de A a B directamente. Basta con que 3 personas opten por “aislarse” y andar solas para que las 7 restantes se perjudiquen. Bueno, exactamente así opera el argentino promedio, pensando que actuando por su cuenta logrará el mejor rédito.
En alguna otra oportunidad expliqué que el ser humano es racional y un maximizador de utilidades por excelencia, por lo tanto uno podría pensar que es lógica y hasta económica la actitud de buscar constantemente el beneficio personal. Sin embargo, este planteo es incorrecto si logramos entender que vivimos en una sociedad y que, por lo tanto, toda acción que desarrollemos tendrá alguna consecuencia en alguien más. Así, supongamos que una persona egoísta, en su intento de llegar a B, avanza hacía C. Al moverse en este sentido, en lugar de jugar en conjunto intentando alcanzar B junto con el resto de la sociedad, promueve resultados negativos para terceros, estos se verán perjudicados y no lograrán llegar a B. El actor individual posiblemente llegue a C, pero para seguir avanzando necesitará seguir moviéndose solo, y nadie le asegura que llegue a D, puede terminar en E, o inclusive luego de llegar a D terminar en F y nunca alcanzar B -todo dependerá de si “triunfa” o no contra sus “rivales”-. Si esto ocurriese, la acción de una sola persona habrá hecho que varios no lleguen a B -incluida ella misma- por no tomar el camino grupal, por no buscar el bien común de toda la sociedad. Como se ve, dicha acción es absolutamente anti económica porque genera un gran desperdicio de recursos -los de la persona que se desvió del camino y los de todos aquéllos que no llegaron a B por la actitud de aquélla-.
El corolario de este breve análisis es que es necesario tener presente siempre que cuando nos movemos -tomamos decisiones- estamos afectando la vida de alguien -a veces positiva y otras veces negativamente-. Desde ya que en ciertas ocasiones nuestras acciones tendrán efectos negativos en algún punto para alguien y eso es inevitable (como por ejemplo cuando rendimos un examen para entrar en algún puesto de trabajo y por “culpa” de nuestro triunfo alguien es derrotado), pero la clave es tratar de evitar aquéllas que si pueden serlo. Me refiero específicamente a seguir las normas.
Cuando una persona viola una regla social, genera repercusiones negativas de escalas casi imposibles de mensurar. No somos conscientes del daño que hacemos a la sociedad cuando quebramos la ley, no sólo por el efecto inmediato que ello puede tener (por ejemplo un accidente de tránsito) sino también por los efectos mediatos, es decir, aquéllos diferidos en el tiempo. Cuando las normas son violadas sistemáticamente se genera una costumbre contra legem -costumbre contra legal- que termina derogando tácitamente a las mismas. Es decir, la sociedad empieza a creer que esa norma no existe más y que es “normal” actuar en contra de sus disposiciones. Esto es terrible porque es el fin del pacto social que hacemos al entrar en la vida en sociedad, y transforma a esta última en una mera conglomeración de personas que intentan, cada una por su cuenta, sacar el máximo rédito de cada acción que desarrollan. No es casual que los países culturalmente más desarrollados tengan mejores tasas de equidad social y económica y que los que tenemos amplios problemas actitudinales y de comprensión normativa no logremos nunca salir adelante.

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